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jueves, 24 de junio de 2010

Carlos Gardel, a 75 años de su muerte y del nacimiento del mito

El 24 de junio de 1935, en un accidente de aviación en Medellín, el cantante ingresó a un Olimpo reservado a unos pocos elegidos: el de la leyenda. La figura del Zorzal tiene la virtud de mitigar las diferencias argentinas.
En vida lo admiraron los grandes de su época -desde Caruso hasta Chaplin- y en sórdidos arrabales o conventillos donde se apiñaban los desposeídos de la sociedad. Su fugaz paso por Hollywood le dejó algunas películas malas pero entrañablemente queribles, y esas escenas en las que cantaba -canta- y que sus fanáticos hacían repetir hasta diez veces en los cines ante la amenaza de prenderle fuego a la sala. Gardel, en tanto, vivía aferrado a un porteñísimo estilo de vida, dejando algunos huecos imprescindibles para que sus biógrafos se pelearan en el futuro que le llegaría más pronto de lo esperado. Todo en la vida de Gardel es misterio. El nacimiento, la educación, la sexualidad, la madre y hasta la misma muerte se han puesto en duda. Si Elvis "vive" recluido en Menphis, el Zorzal Criollo lo hace con el rostro desfigurado por la s llamas en una perdida ciudad colombiana. Esas leyendas enriquecen el mito y lo vuelven más inaprehensible. Lo cierto es que Gardel nació en Toulouse, Francia, el 11 de diciembre de 1890, y murió el 24 de junio de 1935 cuando el avión que lo llevaba de gira se estrelló contra otro en el aeropuerto colombiano de Medellín. No existe cantor popular, en ninguna época ni geografía, que haya inspirado un número tan espectacular de libros sobre su esquiva biografía. Sólo hay algo que está más allá de cualquier contingencia biográfica: su voz única, su entonación impar, su genio artístico.

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