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Estampillas “Tiléforo Areco-1932” y “A la sombra” (Florencio Molina Campos)

El 3 de Octubre de 1891, el párroco de San Nicolás, Eduardo O'Gorman -hermano de la célebre Camila- bautizó con el nombre de Florencio de los Ángeles a quien conocemos como Florencio Molina Campos. Era hijo de Florencio Molina Salas y de Josefina del Corazón de Jesús Campos y Campos
Durante su época de estudiante en los Colegios La Salle, El Salvador y el Nacional Buenos Aires pasaba sus vacaciones en la estancia paterna Los Ángeles del Tuyú y más tarde, en La Matilde, de Chajarí, Entre Ríos, arrendada por la familia.
Desde muy chico dibujó paisajes, escenas y personajes camperos que había observado y registrado durante esas vacaciones de su infancia.
Después de la muerte de su padre, en 1907, debió trabajar en el Correo, en la Sociedad Rural Argentina, en Obras Públicas. Sus intentos de independizarse como comisionista primero y en un establecimiento de campo en el Chaco después, fracasaron
En 1926 a los treinta y cinco años, a instancias de un amigo, inauguró su primera exposición en el Galpón Central de la Rural.
El presidente Alvear visitó la muestra y adquirió dos de sus obras. Al año siguiente expuso en la vieja Rambla de Mar del Plata, donde conoció a la que iba a ser su segunda mujer María Elvira Ponce Aguirre
Lo cierto es que Molina Campos se consideraba gaucho a sí mismo, igual que a sus personajes, con un sentido muy distinto del que se tenía en el siglo pasado. Puede tenerse la certeza de que para él ser gaucho representaba un compromiso con la honradez, la lealtad, la valentía, la hombridad - como diría Unamuno - y hasta con cierto grado de pureza viril. De ahí que su picaresca sea siempre lúdica pero finísima. De ahí que se dé por descontado que para un gaucho la vida es fundamentalmente trabajo, un trabajo casi siempre asomado al peligro, pero sin necesidad de ser dramatizado ni con el miedo ni señalando el riesgo de muerte.
Molina Campos registró gráficamente y con una precisión admirable el mundo, las circunstancias, las tareas, las intimidades de los hombres de campo argentinos de una época ( en especial de los paisanos del sur, con alguna frecuencia de los del litoral, y alguna vez de los del norte) sin adjudicarles ni homéricos heroísmos ni formidables virtudes patrióticas y sin asignarles ni la frialdad del degollador ni la sordidez del matrero. Sus personajes son los modestos hombres de campo en sus tareas más cotidianas y reiteradas.
Acaso lo más atractivo de la visión de Molina Campos sea la finura y la agudeza con que subrayó la capacidad de esos paisanos de mirarse y de verse a ellos mismos con una mordacidad no exenta de caritativa indulgencia. De acogida sin reservas de quienes más se parecian a los personajes por él pintados.
Un rasgo peculiar del mundo de Molina Campos es el de su cordialidad, diríamos, para enunciar los extremos de a conducta de esos seres que él ve siempre con objetividad pero al mismo tiempo con una ilimitada condescendencia. A veces los sitúa en el borde del ridículo, pero con tal bonhomía y tal comprensión como si hablara de gente muy querida o aludiera defectos personales, propios, con cierto tono burlón pero con algo de complicidad, como si estuviera haciendo una casiautobiográfica enunciación de debilidades consabidas. La palabra anélico es muy grave, pero debemos admitir que el transparente humorismo de Molina Campos no está desvinculado del adjetivo.
En cierto modo, y con las limitaciones que determinan la opción por una enunciación predominantemente humorística, en la que no tiene cabida ninguna forma de crítica negativa ni el patetismo de ninguna categoría dramática, Molina Campos describió sino un universo, un mundo. Por cierto, visto con parcialidad - la del lado puramente benévolo, si se quiere - como si para él fuera hasta de mal gusto referirse a lo opuesto de lo celebrable.

jueves, 15 de noviembre de 2012

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